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29/05/2022

(1) “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios…” (v.15).
El término andar se repite tres veces en este capítulo. Significa básicamente el modo de vivir, la manera en la que estamos dirigiendo nuestras vidas. La metáfora del camino para referirse a la vida es muy común en las Escrituras y es intuitiva para nosotros. Ella implica la idea de dirección y finalidad… propósito.
En el último sermón hemos considerado la importancia de “andar en amor” (v.2) y de “andar como hijos de luz” (v.8) – vimos que el amor y la obediencia siempre caminan de la mano. Hoy daremos un paso más para hablar de la sabiduría… el apóstol nos llama a “andar… no como necios sino como sabios” (v.15).

Nuestras vidas deben caracterizarse por AMOR + OBEDIENCIA + SABIDURÍA.

(2) “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis…” (v.15a).
Como os dije: “andar es vivir” (trata del modo en el que estamos dirigiendo nuestras vidas… propósitos, tiempo, planes, recursos, etc.). Y el apóstol nos llama a considerar con atención el modo en el que estamos viviendo (¡mirad! ¡prestad atención! ¡sed reflexivos!) … para que vivamos diligentemente.
El término diligencia está ligado al verbo andar… no al verbo mirar.
La mejor traducción sería:
“mirad, pues, que andéis con diligencia/exactitud… atinando, dando en el blanco”.
De modo que lo primero a lo que nos llama el apóstol es a vivir reflexivamente… a que la nuestra sea una vida considerada, evaluada, ponderada. El cristiano no puede ser pasivo respecto al porvenir, no puede despertarse a cada día “a ver qué pasa” … Tampoco puede ser un mero reaccionario (encaro lo que me venga…). Antes, debemos evaluar nuestras vidas, orar, planificar, decidir, actuar… avanzar.

¿Por qué? ¡Porque la vida del cristiano está preñada de propósitos santos!
“Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos una obra de arte divina, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Efesios 2:8-10.
Que el hombre mundano carezca de voluntad para enderezar sus veredas es entendible… a fin de cuentas: ¿enderezarla hacia dónde? ¿Por qué hacerlo? ¿Qué sentido tendría para un ser fortuito y carente de significado hacer cosa alguna? Y aun así… ¡muchos encuentran razones por las que vivir… y se esfuerzan!
¡Cuánto más el cristiano!
Hemos sido amados por el Padre desde la eternidad pasada; hemos sido redimidos por Jesucristo; hemos sido sellados con el Espíritu Santo… para buenas obras. ¿Cómo no viviremos reflexivamente? ¿Hacia dónde vamos? Por eso, Pablo nos advierte con determinación:
“mirad, pues, que andéis con diligencia/exactitud”.

(3) Y para eso necesitamos ser sabios. “… no como necios sino como sabios” (v.15).
Hermanos, el necio – en términos bíblicos – es aquel que establece su vida a partir de sus propios parámetros. El necio no tiene en cuenta a Dios… y tiene un alto grado de confianza en sí mismo. Él evalúa la vida desde su “perspectiva privilegiada”, y hace las cosas a su manera… y aun cuando todo a su alrededor se desmorona, ¡sigue pensando que su manera es la mejor, y que así debe hacerlo!
“Nadie mejor que yo para saber cuál es el rumbo que debo seguir” … dice el necio.
Pero también el cristiano puede actuar neciamente cuando, sabiendo lo que debe hacer, ¡no lo hace! ¿No es esto más común de lo que nos gustaría? ¿No son muchas las ocasiones en las que acontece? El rey David sabía que no debía hacer el censo del pueblo de Israel… pero lo hizo de todos modos… y el juicio de Dios fue duro sobre la nación. La necedad es actuar a nuestra manera, aún sabiendo la verdad (!).
El hombre sabio, por su parte, es aquel que discierne la realidad a partir de la voluntad revelada de Dios (de Su Palabra) y obedece. Él Herido por la cruz, teme a Dios y establece su vida en Su Palabra revelada (Escrituras). Él sabe que “… Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia” (Proverbios 2:6) … pero él no se conforma con el sólo conocimiento… él lo aplica.
Y es que la sabiduría es más que el acúmulo de conocimiento. Se puede conocer mucho y ser un insensato… mientras gentes iletradas puedes poseer una gran sabiduría. Esto se debe a que la sabiduría es más que el conocimiento… La sabiduría implica la capacidad de aplicar ese conocimiento a la vida real, de discernir la vida a partir del conocimiento y tomar buenas decisiones. Por eso, la sabiduría se manifiesta en una vida virtuosa, ordenada… feliz. La sabiduría se muestra en el diario vivir del creyente.

¿En qué debemos ser sabios? En el uso del tiempo (V.16); en el conocimiento de la voluntad de Dios (v.17); y en nuestra comunión con Dios por el Espíritu (v.18-20). Estos son los puntos:

(4) “…aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos…” (v.16).
Uno de los aspectos de la vida en los que la sabiduría (y la necedad) se hace más evidente es en el uso del tiempo. El apóstol llama a los creyentes a aprovechar bien el tiempo… a hacer un buen uso de este.
Pero es interesante notar el término griego con el que Pablo se refiere al “tiempo”.
En el griego hay dos palabras para tiempo: “kronos” que se refiere al fluir del tiempo, y “kairos”, que trata del tiempo como oportunidad, como ocasión para actuar. Y Pablo utiliza el término “kairos”. De modo que nos habla del tiempo como un espacio en el que Dios nos provee de oportunidades (…).
Desde luego debemos ser responsables con el kronos (tiempo del reloj). Debemos hacerlo porque el un bien preciado del que disponemos poco; porque el desperdicio de este no se puede recuperar; y porque las consecuencias de usarlo correctamente son masivas de este y del otro lado de la eternidad.
Pero entender el tiempo como kairos nos recuerda que el tiempo es un espacio en el que Dios está actuando… no es nuestro tiempo para nuestros proyectos… es el lugar en el que se despliegan las oportunidades divinas (ej.: cuando Jesús avanza a Jerusalén y se detiene ante el ciego Bartimeo).

“Así que, según tengamos oportunidad (kairos), hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”. Gálatas 6:10

(5) Pablo nos provee una razón de peso para no desperdiciar tiempo: “…porque los días son malos” (v.16b)
Los días malos es el modo en que la Escritura se refiere al tiempo entre la Primera y la Segunda Venida de Jesucristo (“siglo malo” Gálatas 1:4; “potestad de las tinieblas” Colosenses 1:13; etc.). Es un tiempo en el que el evangelio se extiende entre las naciones… pero lo hace en medio a una acción satánica intensa… lo que el apóstol llama “el ministerio de la iniquidad” (2 Tes. 2:7) … “los días son malos”.

Me parece que esta advertencia tiene una doble connotación (negativa y positiva):
i. En términos negativos, “aprovecha bien el tiempo porque estás en guerra… ¡las oportunidades no vuelven!”. A veces perdemos las oportunidades porque pensamos que otras vendrán, que siempre hay otra. Y, ¡no es así! Los padres en la educación de sus hijos; las oportunidades de dar testimonio; el momento de mostrar el amor de Cristo es hoy… etc.

ii. Por otra parte – en términos positivos – el apóstol nos deja saber que en el día malo Dios nos provee de la oportunidad. Este es un mundo roto, y nos puede parecer que las oportunidades no son idóneas… que nunca hay un buen momento para servir. El Señor nos dice: ¡no es así! En realidad, en medio al pecado, al sufrimiento… y a las situaciones más adversas, el Señor nos provee de la oportunidad.
Sabéis, el término “aprovechar” es literalmente “redimir”. La idea es la de comprar a un esclavo en la plaza pública y darle carta de libertad (liberar de la esclavitud). No quiero ir demasiado lejos en este asunto, pero ¿no es esto lo que muchas veces tenemos que hacer con el tiempo y las oportunidades?
¡Tenemos que redimirlas! Tenemos que luchar para darles buen uso en medio a la adversidad. Es verdad… los días son malos… pero Dios nos da la gracia para redimir en ellos las oportunidades que Él nos provee.

(6) “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor.” (v.17).
Sigue Pablo afirmando que el sabio sabe reconocer cuál es la voluntad del Señor.
Hermanos, ¿cómo saber cuál es la voluntad para mi vida? Aún hay muchos cristianos que tienen dificultades con este asunto. Sus mentes divagan al respecto… no saben exactamente hacia dónde mirar.

Pues bien, la respuesta inmediata que debe venir a tu mente es esta: LA ESCRITURA.
En palabras del profeta:
“¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Is. 8:20).
El creyente maduro sabe que lo que Dios quiere para su vida ya le ha sido revelado en Su Palabra (!).
Pero – pensará alguno –, ¿no puede Dios guiarnos a su voluntad mediante impulsos internos del Espíritu, mediante circunstancias providenciales… palabras proféticas, sueños, visiones, etc.? A fin de cuentas, las Escrituras no nos dan respuesta a los pormenores de nuestras circunstancias diarias (!).
Hermanos, no niego que Dios proceda de este modo. De todos modos, el propósito divino es forjar en nosotros un carácter sabio… capaz de tomar buenas decisiones… y eso lo hace por su Palabra. El hombre nutrido por la Biblia conocerá lo que Dios dice acerca de cada área de la vida; y verá cómo su mente y su corazón son moldeados por la sabiduría divina para tomar buenas decisiones.
Además, las Escrituras le darán los parámetros intelectuales necesarios para discernir los impulsos internos del corazón, y las “señales” que puedas venir de las circunstancias externas. Por lo tanto, si queremos conocer la voluntad del Señor, ¡vayamos a las Escrituras! Esta es la única fuente segura. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal.119:105).

“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.” (Josué 1:8-9).

(7) “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu…” (v.18).
El hombre sabio reconoce que su comunión con Dios es el mayor bien que posee… y la cuida. La cuida porque sin ella la sabiduría no es posible. Sin la comunión bendita con el Espíritu Santo en nuestros corazones, no hay sabiduría posible…. sin Él no somos capaces de entender la Palabra, de discernir la realidad, ni de desear sinceramente lo que Dios quiere para nuestras vidas (¡el pecado nos ha dañado!).
Y, aunque el Espíritu Santo nunca se aparta del verdadero creyente, su influencia en nuestras vidas puede ser mayor o menor según nuestra interacción con Él… y según nuestra interacción con el “vino” (v.18).
Dejadme explicar este asunto:
El apóstol establece aquí un paralelo de exclusión. Él nos dice: la embriaguez con vino y la llenura del Espíritu Santo son incompatibles. Una cosa excluye a la otra… las dos no pueden caminar juntas. Si queremos vivir en la llenura del Espíritu – influencia –, hemos de evitar la embriaguez con el vino (…).
Ahora bien, el vino es una sustancia depresiva que se utiliza normalmente evadir de la realidad. Hablando en términos coloquiales: nos emborrachamos para ahogar las penas; para ahuyentar las preocupaciones y miedos; o para desinhibirnos… El apóstol nos advierte que esta forma de evasión es contraria al Espíritu. Y esto se debe a que ella promueve la “disolución” (la pérdida de control… el desenfreno).
El Espíritu Santo, por su parte, viene a introducirnos a la realidad de un modo pleno (Él nos introduce a la comunión con Dios mediante Jesucristo… la Palabra). El Dr. Martyn Lloyd Jones ubicaba la obra del Espíritu Santo dentro de las sustancias estimulantes, pues su obra en nuestros corazones nos capacita a que respondamos con vigor a la realidad. Él nos despierta y estimula para actuar.
Por lo tanto, si queremos participar de la llenura del Espíritu, hemos de evitar todo aquello que promueve nuestra huida de la realidad… todo aquello que es utilizado en nuestras vidas como placebo, como narcótico… para aplacar temores y ansiedades (ejemplo: trabajo, móvil y redes sociales, moda, deportes, hobbies, videojuegos, Netflix, etc.).

Si en vez del “vino”, aprendemos a acudir al “Espíritu”, los resultados en nuestras vidas se nos presentan en los v.19-21: ALABANZA; GRATITUD; HUMILDAD.

Oremos.