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05/06/2022

Introducción

Mi deseo en este sermón es realizar algunas reflexiones sobre el tema del arrepentimiento. Lo haremos a partir de la oración de arrepentimiento más conocida de todas las Escrituras: el Salmo 51. En este salmo el rey David expresa el profundo arrepentimiento de su alma, a causa de todo lo relacionado con el adulterio con Betsabé. Aunque la mayoría de los aquí presentes conocen bien esta triste historia bíblica, relataré un breve resumen para aquellos que no la conocen (resumen).
Nos acercaremos a esta oración de arrepentimiento para reconocer en ella algunas de las características de un verdadero arrepentimiento. Dado que esta es la primera y singular experiencia de aquel que tiene un encuentro personal con Dios, hacemos bien en considerar juntos este asunto. Mi oración es que, en la medida la que meditamos juntos sobre este tema tan importante, también nuestros corazones sean movidos a la dolorosa y dulce experiencia del arrepentimiento.
Entremos al tema: 8 características de un verdadero arrepentimiento.

Se reconoce la realidad del pecado como un acto delante de Dios.

En el verdadero arrepentimiento, el hombre percibe la realidad del pecado como siendo delante y para con Dios. Como confiesa el rey David en el Salmo 51.4a: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…”. Sabemos que el pecado de David fue en contra de muchas gentes, pero él reconoce que hay un sentido, en el que todo pecado es pecado en contra de Dios.
Los hombres, a parte de un verdadero arrepentimiento, pueden llegar a tener aprehensiones muy vívidas y dolorosas de su maldad. Pero aun cuando tengan cierto conocimiento de sus propios errores, son vistos como debilidades del carácter que les denigren y que tienen efectos dolorosos en los demás (me afectan a mí, y a los que me rodean). Tanto es así, que, ya sea por su propia auto-imagen, como por el bienestar de aquellos a los que ama, el hombre puede querer ser liberado de los vicios que le acompañan (algunos se acercan con este deseo a la iglesia…).
Lo asombroso del verdadero arrepentimiento, es que el hombre se ve a sí mismo, y se conoce como culpable, delante de Dios – hay una aprehensión real en el alma de Dios y de su santidad. Dada la santidad de Dios, esta es la primera experiencia de un hombre que tiene un encuentro real con Dios (Ej.: “el profeta Isaías”; “Job”).

Se reconoce la profundidad del pecado.

Aun cuando hubo una serie de actitudes y acciones pecaminosas en toda esa trágica historia de David, hemos de notar que David llegó a entender el pecado como algo mucho más profundo. Leemos en los v.5.6:

“He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre. He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría”. David entendió que la corrupción del pecado afectaba su propia naturaleza, su ser más profundo.
La percepción natural del hombre acerca del pecado, tiende a detenerse – salvo raras excepciones – en un entendimiento superficial de los actos o pasiones pecaminosas (lo que hago o lo que siento).
En el verdadero arrepentimiento, dejamos de pensar exclusivamente en términos de pecados, para centrarnos en la naturaleza misma pecaminosa
– tanto es así, que el convertido encuentra pecado en sus más justas acciones (¡algo impensable para el inconverso!).
Entendemos entonces que el pecado ha tomado el corazón, el centro de mandos, y que aún nuestras buenas acciones son malas, porque no son hechas para la gloria y honra de Dios. ¡Esa es la razón por la que David clama como lo hace en el v.10!

Se reconoce la justicia de Dios en su veredicto.

Leemos en el v.4: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio”. En el verdadero arrepentimiento, existe una aceptación, conformidad, y resignación ante el justo juicio de Dios.
Lo opuesto a esta realidad, es la murmuración – la extraña idea de que Dios (o la vida), nos deben mucho más de lo que tenemos.

Eso se rompe en el arrepentimiento. El arrepentido se asombra con la bondad de Dios (y de los otros…), y acepta su disciplina.
Además, toda forma de auto-justificación, y excusa ceden ante la realidad del pecado. El arrepentido es libre para decir a viva voz, y desde su fuero interno: he pecado (v.6). (Ej.: “Chesterton al periódico: el principal problema del mundo soy yo”; “mis vecinos justificándose”).

El verdadero arrepentimiento acontece ante la gracia de Dios.

Hoy en día tenemos un problema al hablar del arrepentimiento, y es que la psicología moderna lo considera como algo insano.
En efecto, la sanidad psicológica de nuestros días, consiste en negar toda forma de debilidad, y afirmarte en tus fortalezas. Y seamos honestos, no parece haber nada de muy sano en estar considerando nuestras miserias y doliéndonos por ellas (todos conocemos a personas, y tal vez nos ha pasado, que andan cabizbajas afirmando a los cuatro vientos sus miserias… pero ese no es el arrepentimiento bíblico…).
Hay algo que hace del arrepentimiento bíblico/evangélico, un bálsamo sanador, y, no dudo en decirlo, en la experiencia más dulce y liberadora que un hombre pueda experimentar (¡dentro de su agudo dolor!).
Y es que el arrepentimiento sólo es posible, ante la bondad y la gracia de Dios (delante de la cruz). Es cuando veo al Hijo de Dios muriendo en la cruz por amor a mi persona, muy a pesar de mis pecado, cuando verdaderamente soy capaz de arrepentirme.

Es cuando veo su bondad su gracia para con mi vida, que de veras experimento el arrepentimiento bíblico/evangélico.
En Romanos 2.4, el apóstol Pablo nos dice que es la benignidad de Dios, la que nos guía al arrepentimiento (Ej.: Pedro y Jesús en la pesca milagrosa).
El asunto es el siguiente: tal es el dolor que el hombre experimenta ante la realidad de su propia maldad, que sería psicológicamente incapaz de llegarse a ese lugar, sin el amor y la gracia de Cristo. Pero de la mano de Cristo, ese mismo lugar que antes era oscuro y aterrador (el infierno en el alma), ahora es el lugar en el que puedo experimentar perdón y libertad.
En el verdadero arrepentimiento, existe un dolor agudo en el alma a causa del pecado, y este se incrementa…, al ir acompañado de a fe (que mira a Cristo), que sabe que tal pecado es contra un Dios amabilísimo, que le ama en tal condición. Eso mismo hace que estemos ante un dolor amargo y dulcísimo a la vez (Ej.: “el perdón y el amor que se recibe del cónyuge cuando pecas…”).
Ej.: Eustace a Edmund – sobre la vez en que Aslan le quitó la piel de dragón: “El primer desgarrón fue tan profundo que creí que había penetrado hasta el mismo corazón. Y cuando empezó a tirar de la piel para sacarla, sentí un dolor mayor del que he sentido jamás. Lo único que me permitió ser capaz de soportarlo fue el placer de sentir cómo desprendían aquella cosa. Ya sabes, es como cuando te arrancas la costra de una herida. Duele horrores pero resulta divertidísimo ver cómo se desprende… Y allí estaba yo suave, y blandito como un palo descortezado y más pequeño que antes.” (El Viajero del Alba”).

Se reconoce que la mayor pérdida ocasionada por el pecado, es la pérdida de Dios.

Leemos en el v.11: “No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu Santo Espíritu.”. Como dijimos anteriormente, los hombres podemos sentir los terribles efectos de nuestros pecados (errores) estropeando no sólo nuestras propias personas, sino a aquellos que nos rodean.
Pero cuando conocemos al Dios que se nos presenta en Cristo, aprendemos que la mayor pérdida ocasionada por el pecado, es la pérdida de Dios; siendo que, en ese momento, es a Dios mismo a quien más queremos. El arrepentido ruega, principalmente, por Dios.

Aprendemos entonces que el arrepentimiento es más importante que toda forma de servicio o religiosidad; y es el principio de todo ministerio cristiano.

Leemos en los v.16-19: “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. Haz bien con tu benevolencia a Sion; Edifica los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, El holocausto u ofrenda del todo quemada; Entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.”.
No hay religiosidad que pueda suplir nuestra imperante necesidad de arrepentimiento. En efecto, una de las mayores tragedias el ser humano es ese uso de las distintas formas de religiosidad para esconder el verdadero drama de su alma – la corrupción y la culpa que la envuelve.

Pues bien, ante el glorioso evangelio de Jesucristo, eso no es necesario. Jesús murió para que nosotros podamos confesar nuestros pecados y ser perdonados. En ese lugar hay perdón y limpieza del alma.
En referencia al ministerio, el ministro del evangelio debe de haber tenido una importante medida de conocimiento de su propio pecado, y de la gracia de Dios, si quiere ser útil a los hombres. No podemos hablar de la gravedad del pecado, ni de la belleza de la gracia, si las mismas no son reales, en alguna medida, en nuestras propias vidas.
(Ej.: Pedro, John Newton)

Se le reconoce como principio de todo verdadero gozo y alegría; y de todo lo que pueda llamarse nobleza, o grandeza de espíritu. Pues al arrepentimiento le sigue el perdón.

Leemos en los v.7-9, 12:

“Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades… Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente”.

El arrepentimiento como una actitud constante de vida, y no como un acto puntal.

Lutero decía que la vida cristiana es arrepentimiento. El pastor Miguel Nuñez, en un Twitter: “La vida cristiana no es un evento de arrepentimiento, sino una vida de arrepentimiento”.

Quiero decir, que el arrepentimiento no es tanto un acto puntual, como una condición del corazón; es el corazón que vive en el sincero reconocimiento de su pecado, y en la sola dependencia de la gracia de Cristo.
“El trabajo del arrepentimiento no es un trabajo de una hora, de un día, o de un año, sino el trabajo de una vida. Así como el penitente sincero vive en un constante acto de fe, vive también en un constante acto de arrepentimiento; así como no puede conformarse con un solo acto de fe, o amor, o gozo, tampoco puede hacerlo con un solo acto de arrepentimiento”. Thomas Brooks.
Mirad lo que dice David en el v.2-3: “Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.”.
David vivía con una aprehensión real y constante de la realidad de su pecado – no era algo ni impreciso, ni ocasional –, y eso delante del amor eterno e inagotable, del cual bebía todos los días. Este es el corazón humilde y feliz, el corazón que agrada al Padre (v.17).