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10/10/2021

EFESIOS 1:3-6. ESCOGIDOS POR EL PADRE

 

“Los más dulces gozos y deleites que he experimentado no provienen de considerar mi propia condición, sino de una visión directa de las gloriosas verdades del evangelio” Jonathan Edwards.  

 

El apóstol Pablo responde a la razón por la que hemos sido bendecidos por el Padre. ¿Por qué nos encontramos bajo Su favor? ¿Cuál es la fuente de tamaña misericordia? (v.3)

 

(i) La respuesta del apóstol es que fuimos escogidos por el Padre. Esto es lo primero que leemos en el texto: “según nos escogió” (v.4a).

Y hacemos bien en detenernos aquí por un momento.

El apóstol afirma que antes del principio de los tiempos el Padre consideró a la masa caída de la humanidad – pues de nosotros mismos lo único que tenemos es pecado –, y decidió libre y soberanamente escoger a un número de pecadores para favorecerles con su misericordia.

En esto consiste la elección: en que Dios el Padre tiene la prerrogativa de derramar sus beneficios dónde y cuándo Él quiere sin la necesidad de rendir cuentas a nadie. Y todas las dádivas de la salvación, desde la primera expresión del arrepentimiento hasta los insondables deleites de la eternidad, descansan en este libre y soberano propósito electivo del Padre.

Ciertamente esta es una doctrina que quebranta nuestro orgullo. Esta es la razón por la que muchos la aborrecen. Pero os aseguro que solamente al quebrantar nuestro orgullo ella puede sanar nuestros corazones. Puede parecer un remedio amargo, y lo es, pero es un remedio poderoso.

Y es que el propósito de esta doctrina es recordarnos que no hemos sido nosotros los que hemos escogido a Dios, que no hemos sido nosotros los que tuvimos la decisión determinante en nuestra salvación, sino Dios y sólo Dios. Fuimos escogidos por el Padre.

Con esto no quiero decir que nosotros no hayamos decidido seguir a Jesucristo, que no nos hayamos arrepentido y creído en el evangelio. Lo cierto es que así fue (v.13). Pero la única razón por la que lo hicimos, la única razón por la que vinimos a Él, es porque Él vino a nosotros primero.

Esta es la gloria de la D. de la Elección: que ella nos recuerda que:

“La Salvación es del Señor” (Jonás 2:9)

Hermanos, muchos que oyen el mensaje del evangelio y lo rechazan. Algunos se apartan con indiferencia; otros lo rechazan con violencia. ¿Por qué nosotros lo recibimos? ¿Acaso había en nosotros una virtud mayor? ¿Acaso hemos sido más sensibles a las verdades del evangelio?

De ninguna manera. Si hemos decidido seguir a Jesucristo, es porque el Padre nos escogió, si Le amamos, es porque Él nos amó primero. Esta es la única respuesta: fuimos escogidos por Dios.

Ver: Hechos 13:48; Ejemplo: “si quieres entrar, eres bienvenido”.

 

(ii) Nos dice además el apóstol que la Elección aconteció “antes de la fundación del mundo” (v.4a)

Con esto se destaca que estamos ante un acto Soberano, un acto en el que Dios no tuvo en cuenta mérito alguno de nuestra parte, puesto que nada podíamos aportar antes de la fundación del mundo. Y aún si Dios tuviese en consideración aquello que sería de nuestra cosecha, ciertamente no vería más que pecado, por lo que con mayor razón nada tenemos de nosotros mismos. Por lo tanto, decimos que las razones de nuestra elección descansan en Dios.

Esto es lo que aprendemos en el ejemplo de Jacob y Esaú

Ver: Romanos 9:10-13.

Dios nos eligió antes de la fundación del mundo – en este ejemplo esto se destaca el propósito de Dios antes del nacimiento de ambos… propósito eterno – para que quedase claro que no es por obras, sino según el propósito electivo de Dios… “según su gracia soberana”.

Querer saber por qué Dios elige a los que elige es querer reducir la salvación a obras – establecer la salvación en el hombre. Pero no es así. Lo que podemos estar seguros es que todos merecemos sus juicios, y que Él encuentra en sí mismo las razones de elegirnos… y no las comparte.

Por lo demás, lo sorprendente es que Él nos elija cuando en nosotros hay tanto pecado (Jacob!). Ejemplo: “San Francisco de Asís”.

Queridos hermanos, cuando nos veamos tentados a encontrar en nosotros mismos las razones por las que Dios debiera sernos favorables, cuando nos veamos tentados a recomendarnos delante de Dios y de los hombres, recordemos: “antes de la fundación del mundo”.

 

(iii) Sigue el apóstol afirmando que fuimos escogidos “en él”“según nos escogió en él” (v.4a). La idea aquí es que el Padre nos escogió juntamente o en unión con Jesucristo.

Aquí muchos han errado en la interpretación. Afirman que el Padre previó a los que depositarían su fe en Jesucristo, y base a su fe les escogió para salvación. De modo que la fe es anterior a la elección… y es el fundamento de la elección. Muchos piensan de este modo: que Dios previó a los que aceptarían el evangelio y en base a este conocimiento los escogió.

¿Por qué no podemos aceptar esta interpretación del texto?

(a) En primer lugar, porque lo único que Dios podría prever en nosotros es pecado. La Biblia nos enseña que estamos muertos en nuestros delitos y pecados, que amamos más las tinieblas que la luz, y que, a parte de una intervención divina, ninguno de nosotros se vuelve a Dios.

(b) Y aún más – en segundo lugar –, la Biblia afirma categóricamente que la elección es anterior a la fe, y que la fe depende de esta. Dejadme rápidamente mostrarlo en algunos textos:  

Ver: Juan 6:35-39, 65b.

¿Qué significa, entonces, que hemos sido escogidos “en él” (en Cristo)?

Tal vez el modo más fácil de interpretar esta frase es entender que el Padre le entregó sus escogidos al Hijo, y escogió al Hijo – Jesucristo – como su Representante y Salvador. Nosotros fuimos escogidos en la realidad de nuestro pecado y entregados a Jesucristo, quien fue escogido en su perfecta Santidad como nuestro Redentor (el Consejo de la Trinidad).

Esto es lo que encontramos con claridad en la Oración Sacerdotal (Juan 17). En ella encontramos a Jesús afirmando que vino a salvar a los que el Padre Le dio, y que por ellos intercede.

Ver: Juan 17:1-3, 6, 9-10.

 

Queridos hermanos: ¿Cómo podemos llegar amar esta verdad… cuando al principio es amarga?

  1. Cuando entendamos que nada merecemos de Dios. Que la justicia de su parte involucraría juzgar a toda la humanidad – de modo que Él sería justísimo si nos condenase por toda la eternidad –, y que es pura gracia la que encontramos en la Elección.
  2. Cuando entendamos que no hay en nosotros voluntad alguna de volvernos al Señor, sino aquella que Él promueve en nuestras vidas. Que es su gracia la que nos inclina delante de Él. De modo que no existe tal caso como personas que querrían ser salvas y no lo pueden (…).
  3. Cuando entendamos que el mundo es el teatro de Dios y no del hombre. Que el propósito último de todas las cosas es desplegar Su gloria. De modo que si Él ordena mostrar su gloria en aquellos que se pierden (dejándoles en su pecado), mientras extiende su gracia en otros a los que escogió para salvación, Él es plenamente libre de hacerlo.

 

(iv) Sigue el texto apuntando al primer propósito de la elección: “para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él” (v.4b).

Esta proposición nos recuerda que – citando a C.S. Lewis – Dios no nos elige porque seamos buenos, sino que nos hace buenos porque nos elige. La santidad es el fruto inevitable de la Elección (…).  

Esta verdad responde a uno de los problemas que se tiene con la Elección:

Muchos creen que esta es una doctrina francamente peligrosa. A fin de cuentas, si sé que soy escogido por Dios, ¿no puedo entonces vivir como se me dé la gana? ¿No puedo vivir en la práctica del pecado sabiendo que, de todos modos, sé que he sido escogido por Dios?

¡De ninguna manera! En efecto, el apóstol nos advierte que la evidencia necesaria de la verdadera elección es una vida de santidad. Quiero decir, aquí no se trata solamente de una correcta confesión de fe – lo que afirmo creer –, sino de una vida en creciente santidad.

Son los frutos de amor y obediencia los que certifican la elección del creyente, puesto que este es el propósito y el resultado inevitable de la verdadera elección: “…para ser santos…”.

Y no solamente eso, sino que nos dice que hemos sido escogidos para ser “irreprensibles”. Esto significa que debe haber nada en nuestras vidas digno de reprensión, que estaremos batallando con el pecado allí donde este se haga presente. “…para ser santos e irreprensibles…”.

Finalmente, se nos dice que esta es una santidad “delante de Dios”. Esta persona no vive delante de los hombres, no se interesa con mantener una vida moralmente decente sólo ante los demás. Ella desea que la suya sea una santidad sincera, una santidad del corazón, caracterizada por el amor, y experimentada en la soledad ante su Dios.

Es verdad que esta santidad sólo será perfecta cuando estemos con Él. Pero no os quepa la menor duda de que todo verdadero elegido avanza por la senda de la santidad…y si por momentos se aparta de ella, como acontece, regresa bajo la firme disciplina del Padre.

 

(v) Sigue el apóstol afirmando que el segundo propósito de la salvación es seamos adoptados como hijos de Dios. Así leemos: “…en amor habiéndonos adoptado como hijos suyos por medio de Jesucristo…” (v.5a). Sin lugar a dudas aquí llegamos a la cúspide de los propósitos de Dios.

Dios muestra su amor para con nosotros en habernos predestinado para adentrarnos a la relación de amor que siempre ha existido entre el Padre y el Hijo, de modo que el mismo amor que el Padre tiene por su Hijo es el que tiene por cada uno de los suyos. Así leemos:

Ver: Jn.15:9; 17:23.

Por medio de Jesucristo el creyente ha sido adoptado como hijo de Dios. Nada más alto se puede decir. En palabras de Ireneo de Lyon: “El Hijo de Dios se hizo Hijo de hombre, para que el hijo de hombre llegase a ser hijo de Dios.” Disfrutamos de Dios como nuestro Padre (…).  

 

(vi) Llegando al final del sermón, el apóstol nos habla acerca de las razones de la Elección. Él nos dirá que hay una categoría de amor, que hay un atributo de Dios que no encontraremos en ningún otro lugar, que sólo se manifiesta en esta gloriosa doctrina de la Elección.

Leemos en el v.6 que hemos sido escogidos: “…según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (v.6).

En la primera mitad aprendemos que Dios nos ha escogido porque así le ha placido (“según el puro afecto de su voluntad”). No hay ningún factor externo que influenciase su decisión. Pero a seguir nos dice que hay un atributo de Dios – una verdad acerca de Él – que despliega su gloria (belleza) en este modo de proceder para nuestra admiración y deleite.

Esta no es otra que su gracia. La palabra gracia significa favor inmerecido. Ella se refiere al amor que Dios tiene para con personas que se encuentran en la realidad del pecado… que son enemigas suyas y que Le aborrecen. Se nos dice que Dios encontró amor por gente así.

Y que tal fue la categoría de amor que sintió por ellas, que se determinó a hacerlas aceptadas “en el Amado” (Jesucristo).

¡Esta es la categoría de amor que tuvo para con ellas!

De modo que el Padre ha amado a los suyos en la realidad de su pecado, a grado de enviar a su Hijo Amado para derramar su sangre por ellos… para limpiarles y aceptarles en Su presencia.

Queridos hermanos, a veces podemos caer en el error de pensar que el amor que el Padre nos tiene fue obtenido por Jesucristo en la cruz del calvario. En otras palabras, que lo único que había en el Padre por nosotros era ira, y que fue la muerte de Jesucristo la que provocó el amor del Padre a nuestro favor. Eso es: que la obra de Cristo promueve el amor del Padre.

Ahora, hermanos, si hablamos del amor por el que el Padre puede deleitarse en nosotros, ciertamente este es un amor del Padre que Jesucristo conquistó a nuestro favor, a fin de cuentas, no podríamos ser agradables delante del Padre si no fuera por la obra de Jesucristo.

Pero aquí hablamos de otra clase de amor, de un amor previo. Este es un amor íntimo, profundo, insondable, que el Padre tuvo para con nosotros en la realidad de nuestro pecado… cuando en nosotros no había otra cosa que pecado (amor electivo)… y este es el amor que principia el evangelio.

Este es el amor por el que el Padre envía a su Hijo para reconciliarnos consigo mismo. Este es un amor que no deriva de la obra de Cristo, sino que principia la obra de Cristo… y se expresa en ella. Jesucristo es la expresión de este amor llamado gracia… que envía al Hijo.

¿Por qué es este un asunto tan importante?

El mayor de los teólogos puritanos – John Owen – nos dice al respecto:

“Frecuentemente los cristianos viven con sus corazones excesivamente conturbados respecto a lo que el Padre piensa de ellos. Están persuadidos del amor de Jesucristo y de su bondad para con ellos; la dificultad se encuentra en la aceptación del Padre… Pocas personas consiguen elevar por la fe sus mentes y corazones a estas alturas, de modo que puedan descansar sus almas en el amor del Padre; viven escondidos de este amor, en una región incómoda de esperanzas y temores, de nubes y tempestades” (La Devoción Trinitaria de John Owen, Sinclair Ferguson).   

El Padre desea que aprendamos a beber de las fuentes más profundas de su amor. Este es el amor de gracia, el amor que se extendió a nosotros en la realidad del pecado y que nos reconcilió consigo mismo Jesucristo.

 

Terminemos leyendo acerca de este amor:

 “… porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. 6Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. 7Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. 8Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 9Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. 10Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.” Romanos 5:5b-10.

 

Tal vez alguno en este lugar pueda está preocupado preguntándose: ¿será que soy un elegido? ¿Será que el Padre me escogió y me amó de este modo? Si esta es tu condición, te animo a dejar de pensar en esta doctrina y mirar a Cristo. Es en Él donde el amor del Padre viene a nuestro encuentro. Confiesa tus pecados, confiesa tu condición, y acude a los brazos de Jesucristo. Allí podrás beber del insondable amor del Padre. Allí el Espíritu te hará decir:

“Abba, Padre”.