Cuando llegamos a una iglesia saludable pasamos por una agradable luna de miel que suele durar unos dos años. Después de ese tiempo comenzamos a ver que la iglesia no es tan perfecta como pensábamos. Es en ese punto donde somos probados. Las relaciones profundas comienzan cuando termina la luna de miel. Es ahí cuando comienza el trato de Dios con nuestro carácter. ¿El problema?… Que muchos saltan de iglesia en iglesia, de novia en novia, buscando una perenne luna de miel.

¿Qué hacer para evitar esta tentación?

Primero, saber que el amor profundo produce un mayor deleite que la luna de miel. Esto acontece como en los matrimonios saludables: aunque la luna de miel es preciosa, es aún mejor el amor maduro forjado con el pasar de los años. Nada es más bello que crecer junto a la iglesia a la que amas.

Segundo, recuerda que necesitas una iglesia que te incomode. Una iglesia que te ama será un lugar incómodo en el que estar. Esta incomodidad deriva, en parte, de los pecados de la congregación, por otro, de tus propios pecados. La iglesia es la familia en la que Dios formará en ti el carácter de Jesucristo.

Tercero y último, considera que tu amor por la iglesia es expresión de tu amor por Dios. Es imposible amar a Dios si no amas a su iglesia. Y la iglesia no es un concepto abstracto y distante, sino los hermanos de la iglesia local en la que congregas domingo a domingo. Crecer en amor por cada uno de ellos es crecer en amor por Jesucristo, pues Él derramó su sangre por sus ovejas. Amemos a la iglesia.  


Pedro Blois

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