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28/11/2021

EFESIOS 1:15-23. LA ORACIÓN DE PABLO.

 

Introducción

Hoy comenzaremos a considerar juntos la oración del apóstol Pablo por sus hermanos de la iglesia en Éfeso (v.1:15-23). Dos apartados principales:

 

GRATITUD (v.15-16) y PETICIÓN (v.17-23).

 

Antes de entrar en estos apartados, deseo que consideremos el hecho sencillo de que, después de una clase teológica magistral, el apóstol Pablo ore por sus hermanos… se detenga para interceder por ellos.

Hermanos, Pablo acaba de darnos una pieza de teología que no tiene igual (v.3-14). Podemos decir con certeza que no existe texto de la literatura universal que se compare a los escritos que acabamos de considerar. Aún dentro de la propia Escritura, ellos ocupan el lugar más alto.

¡¿Qué más podríamos pedir?! Quiero decir… si estuviésemos en un seminario, podríamos levantarnos de nuestros asientos sintiéndonos plenamente satisfechos. Tal vez el propio apóstol pudiese pensar que después de semejante exposición, no había nada que añadir (…).

Pero lo cierto es que no fue así… no era así como el apóstol Pablo lo entendía. Lejos de darse por satisfecho con esta clase magistral, lo siguiente que el apóstol hizo fue orar.  ¿Por qué oraba el apóstol Pablo?

 

(i) Pablo oraba, porque la suya no era una labor académica, sino espiritual. Él sabía que transmitir información era sólo la primera parte de su trabajo; pero su deseo final era la madurez de la fe… el carácter de Cristo.

Como nos dirá más adelante en esta epístola: “…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo…” Efesios 4:13.

Hermanos, este es un tema que no podemos pasar a la ligera. Me parece que hay muchos creyentes que se dan por satisfechos con definir la doctrina, con entender con precisión el mensaje bíblico. Estos se dedican con ahínco a la lectura para definir la verdad y detectar el error. Desde luego todo eso es muy necesario. El asunto es que no es suficiente.

Hemos de asegurarnos de que la verdad sea aprehendida por el corazón, gustada por el alma, de modo penetre y cambie nuestro ser. Y es ahí donde entra la oración. El apóstol oraba para que los ojos del entendimiento de sus hermanos fuesen alumbrados… que gustasen la verdad.

 

(ii) Pablo oraba porque en ese lugar sólo Dios puede actuar. Siempre es una tentación para el ministro intentar hacer lo que no nos corresponde.

A veces queremos cambiar la vida de las personas mediante las fuerzas del hombre: la manipulación emocional; la sofisticación intelectual; la dependencia relacional… todos estos pueden ser medios – a veces inconscientes – de hacer lo que le concierne solamente a Dios.

¿Cuál es la alternativa? ¿Hay algo que podamos hacer? ¡Orar! El apóstol Pablo oraba por sus hermanos. Eso es lo que él hacía. Él entendía que los cambios reales… aquellos que transforman, provienen únicamente de Dios.

Sin más, entremos a los apartados generales de la oración:

 

GRATITUD (v.15-16).

  1. Lo primero que quiero que notéis es que el apóstol Pablo estaba agradecido a Dios al recibir buenas noticias acerca de sus hermanos (v.15-16). Su corazón se llenaba de alegría y gratitud al saber lo que Dios estaba haciendo… al saber de los frutos de su obra en ellos.

Aquí ya encontramos una lección importante: Vivimos en un tiempo en el que abundan las críticas y las malas noticias. Parece que hay gentes a las que sólo les interesan esta clase de noticias. Si hay buenas noticias sobre la obra de Dios en un determinado lugar, no les causa gran interés; pero si se trata de pecados y caídas en la iglesia, corren como moscas al dulce.

¿Qué decir de tal actitud? Que detrás de ella hay un corazón enfermo, dañado por el pecado. El corazón saludable se deleita al escuchar el avance de la obra de Dios en sus hermanos; está deseoso de saber cómo avanza la obra en la vida de ellos y se alegra con cada victoria.

¡Qué fácil es para el corazón amargo encontrar el error! Pero solamente el santo es capaz de apreciar la gracia de Dios aún en aquellos que tienen mucho por crecer. ¡Así era Pablo! Tal era su corazón, que inclusive una iglesia torpe e inmadura como la de Corinto tenía cosas por las que el apóstol estaba muy agradecido. Esta es una importante lección (…).

El amor tiene la capacidad de cubrir multitud de pecado, de soportar otros tantos, y de pensar lo mejor del hermano. Con esto no quiero decir que no debamos ser duros… confrontar… hemos de hacerlo… en amor.

Además, quiero que notéis que el apóstol no sólo agradece a Dios por la vida de sus hermanos… sino que les deja conocer su alegría y gratitud

“quiero que sepáis que estoy contento con vosotros, quiero que sepáis que agradezco a Dios por la evidencia de Su obra en vuestras vidas.”

Mis hermanos, ¿no es este un bello ejemplo para nosotros? Qué importante es que nos animemos unos a otros al destacar la obra de Dios en la vida de nuestros hermanos, y al decirles lo agradecidos a Dios que estamos por sus vidas. No dejemos que esas realidades sólo aniden en nuestros corazones… démosle expresión con nuestros labios para beneficio del hermano.

Y si el nuestro es un espíritu crítico y morboso, confesemos nuestro pecado. Pocas cosas causan más daño al corazón y al cuerpo de Cristo, que un espíritu amargo. Roguemos por perdón.    

 

  1. Seguimos con el texto: el apóstol nos dice que hay dos realidades que eran evidencia de la obra de Dios en la vida de sus hermanos:

“la fe en el Señor Jesucristo y el amor a los santos”.

Aquí encontramos la raíz y el fruto de la vida cristiana. Juan Calvino:

“Por fe y amor el apóstol incluye toda la excelencia del carácter cristiano”.

 

  1. Por fe entiéndase “confianza solamente en Jesucristo para nuestra salvación”. En lo que se refiere al perdón de los pecados y a la reconciliación con Dios, el cristiano es alguien que no tiene ninguna confianza en sí mismo, sino sólo en Jesucristo: en su vida, muerte y resurrección.

Así comienza la primera pregunta del Catecismo de Heidelberg: “Pregunta 1: ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte? Respuesta: Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo…”

Algunos piensan que el cristiano es alguien que intenta alcanzar el favor divino mediante su obediencia y buen hacer. Nada más lejos de la realidad.

El cristiano es alguien que, desesperado de sí mismo, acude a Jesucristo como su único consuelo y esperanza. ¡Este es el creyente! (Ejemplo).

Además, la fe nos habla de la disposición del creyente hacia todas las dimensiones de la vida. El cristiano es alguien que vive a partir de la Palabra de Dios. Es esa profunda confianza en las Escrituras la que caracteriza su acercamiento a la realidad. ¿Qué dice la Escritura sobre la familia, el trabajo, la política, los estudios, la vida, la muerte, etc.? Este es su interés…

El cristiano es alguien que descansa en que las promesas de Dios tienen cumplimiento. En palabras de Jesucristo:

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” Mt. 24:35.

 

  1. El amor por los hermanos.

En segundo lugar, el amor es la motivación que irrumpe en el corazón del creyente. Cuando se rompe el orgullo que nos caracteriza, y por la fe somos unidos a Jesucristo, el amor de Jesucristo – por el Espíritu – empieza a fluir en nuestros corazones… de modo que comenzamos a sentir un profundo interés y alegría en bendecir y ser motivo de gozo en la vida de nuestro prójimo… hallamos nuestro deleite en ser una bendición al hermano.

El apóstol Pablo destaca el “amor para con todos los santos” (v.15).

 

Algunos pensamientos rápidos al respecto:

 

Primero, sabemos por las Escrituras que el cristiano es llamado a amar a su prójimo en general… ¡inclusive a su enemigo!; pero, tanto en este versículo, como en diversos textos de la Escritura, se destaca el amor a los hermanos.

Esto se debe a que compartimos un mismo Padre, una misma fe y un mismo Espíritu. Evidencia de una verdadera conversión es que amamos a nuestros hermanos… que nos sentimos parte real de la familia de la fe.

“Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte.”

1 Juan 3:14.

Dicho esto, creo que hay otro asunto de que deberíamos considerar:

Estaréis de acuerdo conmigo en que el corazón humano es hábil para huir de las verdades bíblicas mediante generalizaciones y abstracciones (…).

Amar a la humanidad no es difícil… lo difícil es amar al hermano Pepe, el que se sienta en la esquina derecha de la congregación, y escupe al hablar.

Servir a Jesucristo en los lugares más distantes de la Tierra no es el problema; el problema es atender a tu hijo cuando llegas agotado del trabajo a la casa. ¿Entendéis lo quiero decir?

 

No me parece ninguna casualidad que el apóstol destaque el amor a los santos. Es esta clase de amor íntimo y cercano el que certifica que el nuestro es un amor genuino, el amor de Cristo. Y es evidencia imprescindible de la verdadera salvación un amor sincero por los hermanos.

Por otra parte, notamos que el apóstol nos habla de “…todos los santos”.

Queridos hermanos, reconozco que hay personas que, ya sea por carácter, cultura, madurez o afinidades, nos puedan parecer más sencillas de trato que otras. Inclusive es normal que en la propia congregación uno tenga hermanos más cercanos que otros. En alguna medida es así.

Pero el amor del creyente debe extenderse en sinceridad a todos los santos. Hemos de aprender a compartir nuestras vidas con aquellos hermanos que nos son más distantes y distintos (…). Esta también es una evidencia saludable de que no nos mueven afinidades humanas, sino Cristo.

 

A modo de resumen: el apóstol Pablo agradece a Dios al oír que sus hermanos en Éfeso están firmes en la fe en nuestro Señor Jesucristo y en el amor para con todos los santos. Su corazón está lleno de gozo y gratitud por sus vidas… y él desea que ellos sepan que es así.

 

¡Qué precioso ejemplo!

 

PETICIÓN (v.17-23)

  1. Ahora llegamos al apartado de las peticiones del apóstol Pablo (v.16b-23).

Después de agradecer por la vida de sus hermanos, el apóstol va a interceder por ellos… el apóstol va a orar para que ellos puedan avanzar en el conocimiento de Dios y en todo lo que Él nos ha otorgado.

Y lo que deseo en este sermón es que nos acerquemos de manera sencilla para decir algunas verdades contenidas en el v.17.

Es lo único que podremos alcanzar en el presente sermón de hoy.

Hermanos, hay muchas cosas que el apóstol podía pedir por sus hermanos… seguro que eran muchas las necesidades que les aquejaban. Pero quiero argumentar que en este sencillo versículo el apóstol apunta a nuestra mayor necesidad. En este versículo el apóstol ora por la mayor necesidad diaria de la vida del creyente. De manera muy sencilla, el apóstol ora:

Padre de gloria, dale a tu pueblo un corazón bien dispuesto para conocerte.

¡Esto es lo más importante de la vida cristiana!

 

En palabras del profeta Jeremías:

Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.” Jeremías 9:23-24.

 

En cierto modo, este es el meollo de la oración. El apóstol Pablo ruega para que el Espíritu de Dios nos provea una disposición de espíritu sabia (sabiduría) y una mente lúcida (revelación) para que podamos crecer en el conocimiento de Dios. Este es el clamor del apóstol.

La sabiduría hace referencia al corazón bien dispuesto para recibir lo que de Dios proviene. El corazón sabio es un corazón que anda en el temor del Señor y en el deseo sincero de agradarle… es un corazón humilde que reconoce su dependencia de Dios para alcanzar algún conocimiento de Él.   

La revelación es luz en el entendimiento. Es el Espíritu de Dios santificando nuestras mentes, venciendo los efectos del pecado en la mente (efectos noéticos de la Caída). A veces pensamos que para conocer las Escrituras tenemos que ser inteligentes… cuando lo cierto es que tenemos que ser santos. La santificación de la mente nos lleva al conocimiento de Dios.